Mostrando las entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

8/28/2007

La nena ya no tiene quien la quiera



No hay cuchillos en la casa, mamá los escondió todos de la nena… a la nena le prohibieron la entrada a la cocina. Sucedió de noche, cuando ya nadie la estaba vigilando. Bajó la gran escalera de espiral, con los pies desnudos, hasta tocar el piso de la sala. La casa es un poco grande, pero si se saben todos los pasos que hay que dar, se puede llegar rápido al refrigerador. Abre la puerta de la cocina, con cuidado para que no rechine, y ve que no hay ningún cocinero que la descubra. Abre la nevera, le mete bocado a lo primero que encuentra y regresa a la cama. Crimen perfecto. La nena lo hace todas las noches. En la casa ya todos han empezado a sospechar. Mamá abre los ojos cuando escucha la puerta de la nena abrirse. La ve escurrirse a la cocina, la sigue; la encuentra con las manos llenas de tarta.

Vas a parecer una bola de lo gorda que te vas a poner, y entonces ya nadie te va a querer; y en la escuela se van a burlar de ti.

La otra noche la nena pensó en eso, se miró en el espejo, una mordida al pollo que sobró de la cena no hace daño. Bajó la escalera de caracol, mamá no la escucha ya.

En la escuela todas las niñas parecen princesitas. Todas con sus uniformes pegaditos al cuerpo, muy entalladitos. A la nena se le ha visto últimamente con la cara más redonda; mamá le ha soltado un poco el entalle del uniforme para que luzca más delgada. Mamá también le dijo al cocinero que ya no hay postre para la nena. Todas las noches, la niña va a por el trozo de pastel.

¡Lola la bola! ¡Lola la bola! Le cantan en la escuela… la nena llora.

Pasó de noche, cuando mamá no se podía dar cuenta. Bajó la gran escalera de espiral hasta donde se lo permitió la fatiga. En la pared de al frente hay un espejo muy grande. La nena se mira y no se reconoce. Piensa que es otra que invade su cuerpo, se la quiere quitar…. Baja quince escalones de inmediato, hasta que los dedos desnudos tocan el piso. Corre un poco, cruza la enorme sala, por fin llega hasta la cocina. Se detiene. Mira el refrigerador. Se adelanta un poco para abrir la puerta. Titubea, mira mejor hacia el fregadero, las gavetas…. Recuerda a la niña del espejo. ¡Maldita seas Lola! Se la quiere quitar. Abre una gaveta, saca de ella un cuchillo y con la mano temblorosa y los párpados bien apretados, intenta deshacerse de los rollitos de su cintura. Así como el cocinero le enseño a quitarle la grasa a un puerco. Pero mamá abre los ojos, parece un cerdo que chilla en la cocina. Vistiendo la piel pegadita al hueso baja la escalera. La nena ya no llora.

Lola se despierta en una cama de hospital. Se toca la cara, dos huesos sobresalen. Se toca más, le duele la piel. Lleva poco más de un mes ahí acostada. Una enfermera le sirve un postre, para que coma, porque a nadie le gustan las niñas muy delgadas. Lola rechaza el postre. Se mira por encima y recuerda lo que pasó. No extraña su antiguo cuerpo; pero este tampoco le gusta. Pide que le traigan el postre. Lo mira con desconfianza. Ya la nena no encuentra que hacer. Se atraganta la comida; acto seguido la vomita. Busca algo más para comer, está muy flaca le dijo la enfermera.

Si sigues así de flaca ya nadie te va a querer, le dice la madre que entra por la puerta.

Mamá le trae un emparedado de jamón. Lola lo come y lo vomita. Pide otro, pasa lo mismo... otro, no ve cuando parar. A la nena se le fueron 10 kilos en el hospital. De vuelta al colegio las otras niñas la miran con horror.

Lola tiene la piel "old fashion". Han pasado a penas unos meses del incidente, y en la escuela los niños no la molestan más. Parecen estar en "shock". La nena es ahora una niña normal, excepto por las cicatrices en su abdomen. Es toda una princesita en uniforme, como las demás niñas del cole; sólo que ya no es moda estar tan flaca. Lola todas las noches intenta volver a bajar la escalera de espiral. Se debate entre el comer y el no comer. ¿Qué hace la nena para que no se le vaya la grasa al cuerpo después de comer? ¿Qué hace la nena para que no se le vaya la piel a los huesos después de vomitar? Después de lo que pasó, los cuchillos no son opción para la Lola. Mamá, por las noches no duerme, para que no se le escape la nena a la cocina.

6/30/2007

En la casa todos duermen a las doce






Todos a sus camas cuando dieron las doce. Todos los cuartos cerrados a llave, por si algo más intentaba entrar.




Estela fue la última en salir del baño, ya todos dormían; o eso creyó. La puerta de su cuarto era la única abierta , el pasillo parecía un largo corredor de hospital; el baño le quedaba lejos. Tomó sus cosas y corrió hasta su cuarto. En el fondo una puerta se abría, Estela no pudo mirar más para atrás. Cerró la puerta. Sintió unos pasos. Una hora más tarde abrió los ojos y vió que estaba muerta.




Susurros de muerte, olor a carne cruda y mutilada. Tenía un gancho oxidado atravesándole la yugular. Estela no podía gritar. Todos duermen en la casa, nadie respira. La puerta del baño está abierta. Se escuchan pasos de vez en cuando. Nadie escucha, ni siquiera Estela. En la casa todos duermen a las doce en punto.




El baño es el lugar más peligroso de la casa, jamás seas la última en bañarte. En la oscuridad viven cosas ajenas a nuestra realidad. No te tardes, Estela, no te tardes.




Una mano te tocó la espalda en la bañera. Abristes los ojos, mirastes de prisa, no vistes nada. El agua caliente se acaba. Te sales de la ducha y ves el vapor flotar en el espejo. Afuera alguien tira una puerta. Das un salto, miras que la puerta esté cerrada. Ese día se te olvidó ponerle llave. Algo en el espejo no está bien. Sientes que alguien te observa, sientes miedo de quitarle la vista al espejo. Hoy eres la última en bañarte.




Desde muy niña te daba miedo el espejo en el baño. Tu abuela te decía que un espejo era el portal a otros mundos. De allí salen cosas malvadas, ten cuidado, nunca seas la última en bañarte. La abuela murió de un ataque de pánico. Hoy lo recuerdas; y sientes un escalofrío correr por tu espalda. Miedo de quitar la vista y encontrar otra cosa al regresarla, nos pasa a todos; miedo de lavarte la boca, de frotarte la cara con agua. Es un miedo instintivo, porque sabes que hoy te toca a tí.




Así que recojes tus cosas, y corres del lugar más peligroso. Una nube de vapor te sigue los pasos, y logras llegar a tu cuarto, donde hace media hora te espera la cama. En la casa todos duermen a las doce en punto, tú lo sabes. Escuchas que se tira una puerta, en la casa todos duermen. Pasos acelerados, te revientan la yugular, caes reonda al suelo olorosa a jabón perfumado. Despiertas de una vez, abres los ojos... Estela murió de un ataque de pánico.

6/09/2007

Cuando era mujer...


Anda que te quiero ver. Y retiró con sus manos el camisón que llevaba puesto, poco a poco, para no lastimar mi pudor. Así, lentamente, sentí sus manos bajar por mis hombros. Cerré los ojos y respiré profundo.

El verano pasado me diagnosticaron cáncer de seno. Me dijo el doctor que había encontrado varios nódulos alojados en mi seno izquierdo después de una mamografía. Que aquello no era nada para preocuparse, pero que aún así debía hacerme unos estudios de rutina; y de una vez realizarme una biopsia. Esa noche lloré desnuda frente al espejo acariciando mi pecho izquierdo, de espaldas a la cama. Los siguientes meses recibí quimioterapia para combatir el cáncer. Se me calló el pelo en las cejas, los brazos, las piernas y la única evidencia de cabello en mi cuerpo la conservaron mis pestañas. A mi esposo le pedí que me rapara la cabeza, lo hizo llorando, y yo al final no pude más. Luego vino la radioterapia y sentí que cada onda de radiación me quemaba un segundo de vida. El día 12 de octubre entré al quirófano. Decía el doctor que el tratamiento había dado resultado aunque todavía quedaba amputar el seno. Que si luego quería una operación de implantes, el plan lo cubriría todo. Y terminé hecha media mujer.

Todavía estás guapa. Y me besó. Su mano acariciando mi pecho plano, donde ya no quedaba nada, sólo una cicatriz grotesca, donde faltaba un pezón. Era la primera vez que lo dejaba verme desnuda luego de la operación. Y ahí estaba él diciéndome que me veía guapa. Como cuando era mujer.

4/28/2007

El incendio en la casa de muñecas


De pequeña jugaba con barbies. Con muñecas no, aunque las tenía. Pero es que a mí me gustaba más esa rubia despampanante con los pechos de plástico, como esas que suelen verse por ahí.

Se llamaba Paulina, mi muñeca; y vivía con sus amigas Teresa y Kira en un piso que les rentaba Barbie por quinientos dólares al mes. ¡Vaya cucarachero! Y no es que me queje, pero la Barbie tenía una mansión para ella sola. De vez en cuando Ken la venía a visitar. Siempre llegaba en su carro deportivo, y en comparación con sus amigos Mitch, Gargantilla y Cuellolargo, era todo un galán. Paulina y Ken discutían mucho. ¡La Barbie esa no te quita el ojo! Parece que no tiene suficiente con tus tres amigos- le gritaba ella indignada. ¡Si es que ya decía yo que era una fleje! ¡Pero que no me busque, ah! Y lo amenazaba con el dedo. Aparte de las constantes peleas, eran muy felices. Él las ayudaba con el pago de la renta. Y cuando Barbie se quedó sin trabajo y decidió aumentar el alquiler, se mudaron a la casa de muñecas. La casa de muñecas era un hogar para señoritas dirigido por la señora Olivia. Allí vivían más de cuarenta señoritas de todos los lugares,desde Playdoll a Fisherprice. Teresa ,Kira y Paulina eran las únicas de Matel. Por eso las envidiaban las demás. Están hechas de un plástico esquicito y el pelo les cubre toda la cabeza. Eso alegaba Jacinta, una muñeca de farmacia con aparentes trastornos mentales cuya cabeza era demasiado grande para su cuerpo; y que tenía cabello sólo en la parte frontal del cráneo. En esa casa vivieron más de dos años. Allí terminaron los estudios y aprendieron a cocinar. Los primeros meses a las demás se les hacía raro que Kira y Teresa pasaran tanto tiempo encerradas en el baño. Pero no había que olvidar que muchas en la casa tenían la misma costumbre. Con el tiempo montaron un restaurante. Con el tiempo también, se enteraron que Barbie se recuperaba en una clínica para adictos a la heroína. La fueron a visitar, y les contó que cuando la despidieron de Hooters pensó que su vida había terminado. Pasó por muchas etapas depresivas y se dedicó por varios meses al tráfico de drogas ilegales. Así fue que tuvo acceso a la heroína. Era lo único que me hacía sentir viva, afirmaba. Ya hacía dos meses que estaba internada. Le confesó a Paulina que Ken venía muy a menudo a visitarla, él mismo la había llevado a internar. Lo sé, él fue quien me dijo que estabas aquí. Me pidió que te fueramos a visitar. Pero hace más de cuatro meses que no andamos. A Barbie parecía que le brillaban los ojos. Y desde una esquina, Kira la miraba con desdén. No volvieron a visitarla más. Meses después Ken le suplicó a Pau que volviera con él. Ella lo rechazó. Ahora salía con un nativo de las islas Galápagos que había conocido por Internet. Se llamaba Kocoom, y era atleta en su país. Y es que ya ven, la globalización... Ken la persiguió por varios días. Y en la casa se escuchaban rumores de que ya habían vuelto otra vez. Pero Paulina negó que se siguieran viendo y le puso una orden de protección para que no quedaran dudas. Cuando éste se enteró de la orden, no insistió más. Una vez escuché decir a Jacinta que el antiguo novio de Paulina se había mudado con Barbie; y vi la mueca angustiosa que hizo Pau al enterarse. Pienso que todavía lo quiere.El invierno de ese mismo año, en la casa de muñecas, ocurrió una tragedia. Un día en que celebraban el cumpleaños de Tori, una de las inquilinas, se desató un incendio en la planta baja. Como era de suponerse en estos casos, la histeria de las muchachas impidió que alguna pudiera escapar. Todas murieron, incluída la señora Olivia.Y dicen las malas lenguas que aquel incendio fue provocado. De la casa no quedó nada, y el olor a plástico quemado impregnó todo el vecindario por varios años. Y no es que se halla quedado la peste, sino que nadie pudo olvidar
ese olor.

El día en que ocurrió el incendio, mi mamá me quitó las muñecas y no volví a jugar más con las barbies. Después del incidente con los potes de alcoholado de abuela, que quemara la casa de muñecas ya era el colmo. Desde entonces tengo un ejército de GI Joes que baila el virazón y una muñeca Xuxa de casi un metro que le encanta pegarle sustos a mi hermana en el baño...

4/20/2007

99:99


No para de reirse. Se quizo suicidar poniendo su cabeza en un microhondas. Hace tiempo que busca el significado de la muerte. La gringa mató a su poodle así también, me dijo. No quería matarlo. Sólo buscaba una forma de secarlo. ¡Qué bruta! Cuando lo sacó estaba listo para comer... pobre perro. Antonio se quiere matar así. Lo ha visto en una película. Pero no puede. La risa no lo deja. ¿Te imaginas mi cara hecha popcorn?, me dice. Tú no eres de maíz. Se ríe mucho. Me ha ordenado que no deje a nadie entrar al cuarto. No quiere que nadie lo vea morir de forma tan estúpida. Para eso me ha escogido a mí. Yo no me río. Está arrodillado en el piso, puso el micro en la cama porque muy cerca está el interruptor. Ayer trató de matarse dejando que un centavo le callera desde lo más alto de un rascacielos. Decía él que al caer desde tan alto la velocidad con la que caía provocaba que su peso se multiplicara considerablemente. Según él, al momento de tocar el piso lo partiría en dos y quedaría enterrado una pulgada en el cemento. El centavo lo he tirado yo, pero sólo le ha quedado una marca superficial en la cabeza. Ahora intenta lo mismo con un microhondas. Esta vez me afirmó que las ondas de radiación entrarían por la marca del centavo dándole una muerte instantánea. Lo veo allí arrodillado, con la cabeza dentro del microhondas, pulsando los minutos con su dedo. 99:99 pulsa. Lo tenía bien medido. Se quiere quemar en más de una hora. Por culpa de su cuello la tapa no cierra. Grita algo así como, ¡mierda! y me pide ayuda. Quiere que busque algo con qué agujerear el fondo para poder meter la cabeza y cerrar la tapa. Voy rápido en busca de un cuchillo o cualquier cosa que pueda servir. Sé que es mi mejor amigo, pero quiero verlo morir. Por estúpido. Hacemos un boquete. Mete la cabeza. Cierra la tapa. Aprieto el botón que dice start pero no funciona. ¿Me oites Tony? No funciona. Lo escucho gritar improperios desde adentro. Debimos haber dañado algún cable cuando hicimos el boquete. Saca la cabeza. Quiere intentar algo nuevo. Se sienta en la cama a pensar un rato. Nada. Yo lo miro fastidiada. Quisiera irme. Nada. Tony se levanta. Me mira. Busca el mismo cuchillo con que abrimos la caja del micro. ¿Qué haces? Se dirige hacia mí. ¿Qué haces Antonio? Me dice que ya sabe qué hacer. Hará algo que nunca había intentado. Me matará a mí. ¿Estás loco? No. Me ha dicho que ya sabe por qué no han funcionado sus otros intentos. Porque son muy estúpidos, le digo. No. Es porque estás tú allí. ¿Yo? ¿Y eso qué tiene que ver? Se acerca más. El de las ideas estúpidas eres tú. Te mataré y luego beberé un vaneno, cómo Sócrates, moriré hablando de la muerte. Me pongo nerviosa. ¿Qué es la muerte? No me preguntes eso, todavía no te he matado. ¿Qué es la muerte? Se acerca lento. Me tiembla la voz. ¿Qué es la muerte? Ya está muy cerca. ¿Qué es la muer... siento que perfora mi estómago. Dímelo tú.

4/07/2007

En el baño...

Si las horas pasaran como debiera ser, entonces nada de esto hubiese ocurrido. El tiempo me ha engañado, me siento perdida en él... Juraría que cuando miré mi reloj por última vez todavía eran las 12:30. Luego pasó algo que no recuerdo; fue como cuando cierras los ojos y aprietas los párpados para relajar la vista; cuando los abres se supone que estes en el mismo lugar que antes de cerrarlos. A mí me pasó diferente, eran las 12:30 se los juro, lo natural era que no hubiese pasado ni un minuto, pero no fue así. No sólo pasaron 7 horas, sino que tampoco estaba en el mismo lugar. Me encontré sóla en un bosque, desnuda, con un f'río increíble. Me sentía muerta, sin vida, completamente drenada...


¿Nunca les ha ocurrido que miran el reloj y ven una hora, luego parpadean, vuelven a mirar y el tiempo ha volado sin que nada pase?A mí sí. Lo vivo a diario. Son como pequeñas lagunas en la memoria. Mi madre siempre me regañaba porque me pasaba horas duchándome. ¡No me jodas mamá, que sólo han sido 20 minutos!

Recuerdo que un día sentada en la sala de mi casa veía la tele. Yo para aquellos tiempos me interesaba en las cosas paranormales y me puse a ver un programa donde salían unos argentinos hablando de raptos; de esos de extraterrestres. Mi mamá estaba conmigo. Contaban que una vez un hombre entró al baño de una discoteca unos minutos antes de que esta cerrara. Conocía al dueño así que estaba en confianza. Cuando salió de dar la meada se encontró con el dueño y otros dos individuos que cuidaban el lugar. Parecían preocupados y le dijeron que había estado tres horas allí metido. ¿Te ha pasado algo? le preguntaron. No. Si sólo estuve 5 minutos.
Esto para que vean que no soy la única que me tardo en el baño.

La discución en el programa continuó luego de la historia. Decían que a aquel hombre lo habían raptado los extraterrestres por eso el tiempo había pasado de forma tan diferente para él. ¿Acaso me raptarán a mí cada vez que me baño? Te lo dije mamá todo es culpa de los extraterrestres...

Lo curioso es que hoy nunca salí del baño. Miro mi reloj. Marca las 7 menos cuarto. No sé qué hago en un bosque, desnuda, tal y como me fui a bañar. La música de Twilight Zone suena en mi cabeza. Tinu ninu tinu ninu tinu nino... así suena. ¿Y yo qué hago aquí?

4/02/2007

De putas y voces raras

¡Qué de ojos! ¡Qué hermosura!
Voy a contaros la historia de la puta sin nombre; la que no tiene por quién suspirar ni quien suspire por ella. Se llamaba Clemente... ¡Ves, ya la he cagado!
(¡Qué va!, si al principio se perdona todo) ¿Pero quién habla? (Pues yo, que me llamo Clementina además! Ala! Continúa.)

Escribo por escribir... su vida, por supuesto, ¿qué más? A Clemente (¡Clementina!) le pegaron un tiro en la frente cuando caminaba por ahí sóla buscando el peso.
A su paso iba un señor de estos interesantes que te cruzan la mirada y se bajan el sombrero.
Era una de sus peores noches; el señor interesante se le acercaba por el lado. Ella lo tenia todo calculado. Ese día no había hecho ni una triste peseta , así que si éste no tenía intenciones de comerciar con ella, en el momento en que se le fuera más al frente lo atracaría por la espalda. A la pobre le salió todo a la inversa, y la gente ni se ha enterao, en fin, otra puta más.

Caminaba moviendo el cuerpo a ritmo lento y despacio; como si bailara un bolero a media loza. Le llegaba el pelo a la cintura, ¿era ella? ¡Qué más da! Tenía los ojos prendidos en candela, y la piel del color más extraño. Los párpados pintados de azul y los labios rojísimos,¡cómo las putas! Se dejaba calzar por cada cosa (Y tú harías lo mismo si supieras lo que es vivir a merced de otros, ¡Puta!).Unos días llevaba zapatos rojos de escuela; los favoritos del señor diputado... ¡cómo le gustaban las colegialas! Otras veces llevaba puesto unos tacones que le facilitaban mirar por encima de los postes (Pero que exagerada, si no eran tan altos.) Hoy, es decir ahora, llevaba los pies desnudos. Decía que quería caminar libre por primera vez. No le importaban los vidrios que perforaban su piel al caminar, ¡estaba descalza! (Claro, eso me costó que no me ganara ni un duro esa noche.)

¿Y esto por qué lo cuento? (No es muy importante) ¡Ah! ¡Claro! El señor de la mirada interesante. Pues sí, todavía camina por el mismo sitio. Cada vez más cerca. ¿Será un cliente?

Señorita. (¡Qué risa!) ¿No necesita alguien que la calze?
¡Qué dice! ¿Señorita yo? ¿A caso me cuestiona la experiencia?
Perdone usted. Es que la veo descalza.
Le vira la cara como si no fuese con ella y continúa caminando. Una cadera empuja la otra, levita en el aire y sus pies, repletos de vidrios, chocan como castañuelas.

(Siempre hay una voz y una puta al final del blog... ¿no lo han notado? Ya no sé qué escribir, sé que la historia se quedará así, inconclusa, para que ustedes la rellenen. Poco a poco se apaga mi voz, muy lentamente me voy quedando sin palabras. Perdon...)

3/27/2007

La canción de la era perdida ("primer encuentro")

Me levanté con un dolor inmenso en la frente, y no salía de mi asombro al ver dónde estaba. No se confundan, jamás había estado allí antes; pero recordaba perfectamente este lugar de un sueño muy recurrente. Estaba en una bodega. A mi alrededor habían muchísimas vasijas selladas de todos los tamaños, y unos símbolos extrañísimos las decoraban. En el sueño alguien entraba a la bodega así que por precaución me escondí detrás de una vasija enorme que tenía al lado. En ese momento alguien entró. Escuché sus pasos recorrer el cuarto y cada vez que lo escuchaba acercarse me hacía más a las sombras. Caminaba muy lento, buscaba algo. Yo me moría de curiosidad por ver su cara pero me quedé muy quieta en posición fetal. Así estuve un rato hasta que no pude más y me asomé un poco para ver quién era. Cuando saqué la cara y me moví un poco hacia al frente choqué con una vasija. El golpe sonó durísimo, y en un segundo ya lo tenía a él frente a mí. Intenté pegar un grito pero el lo reprimió apretando su mano contra mi boca. Con su otra mano examinó un golpe que tenía en la frente. No sé cuando me habría herido, pero resolví que a eso se debía entonces el dolor.
Tenía el pelo extraordinariamente largo y del color de las piedras. Sus ojos, dos nubes de niebla centellante rasgando su cara, lograban un contraste perfecto con su piel dorada. Y era alto, muy alto. Por lo menos más que yo, mucho más. A primera vista no pude calcular su edad. Por un lado su cuerpo esbelto delataba la juventud que se hacía obvia en sus ojos preocupados. Pero las cicatrices en su cuerpo me hablaban de grandes batallas y tiempos de guerra. Cuando escuché su voz me alivié de saber que hablábamos el mismo idioma. ¡Quizás era el mismo que me robó de las aguas!
Se llamaba Yenza, me dijo, y efectivamente había sido él quien esa madrugada me había traído hasta acá. Según él, para salvarme de una muerte segura.

La canción de la era perdida ("las sirenas")

Ya llevaba mucho tiempo vagando en mis recuerdos. Y mi mente volvió a caer en sí. De repente vi que el paisaje que tenía de frente había cambiado por completo. No quedaba ni un rastro de las sirenas. Casi era de mañana y una nube negra flotaba a dos metros del suelo. Vi que estaba parada todavía en el mismo lugar; detrás de un arbusto para mi conveniencia. Sin embargo sentí que mi cuerpo se movía sólo y sin vacilar me adentré en la espesa niebla.
Corrí hacia delante buscado un lugar claro hasta que mis pies tropezaron con el agua tibia de las olas que rompían en la orilla; y vi flotar en el mar una gran bola de fuego. Curiosa, traté de acercarme más a lo que veía y fue así como logré por fin ver lo que ocurría.
Un barco había encallado en la costa y ardía en llamas. Parecía víctima de un ataque, sólo que no podía ver quién atacaba. Miré a todos lados buscando una respuesta y entonces noté que había gente herida a mí alrededor; muchos de ellos tenían el rostro quemado y andaban cubiertos en ceniza. ¿Las sirenas dónde estaban? A mis espaldas escuché el disparo de un cañón que hizo que la tierra temblara, e inmediatamente con el sonido, vino un resplandor rojo que arropó toda la costa. Los cañonazos se dirigían al mar pero no venían de él. La gente corría y se cubrían las cabezas. Escuché otro, esta vez pude ver de donde venían. Salían del bosque, y de entre la maleza miles de caras se escondían. Sentí un escalofrío correr por mi espalda, hace a penas unos minutos yo estaba allí parada, soñando con lo que antes fue.
Me entró la desesperación. ¡Una guerra! Y yo estaba justo en medio de ella. Corrí a buscar ayuda pero al parecer nadie entendía ni media palabra de lo que decía y me contestaban con cara de confusión y gestos hostiles. ¡Era inútil! En ese lugar yo era la única que hablaba el antiguo idioma atlante. Caí rendida en la arena y exploté en llanto. Todo aquello era confuso, ni siquiera sabía a quien recurrir. Yo era una extraña en aquel lugar. Miré a todos lados y vi a los hombres del bosque salir de la maleza y correr hacia la playa. Pensé que fácilmente me podrían confundir con sus adversarios. Lloré más. Me iban a matar…
Cuando mis lágrimas dejaron de caer y mis ojos se habían perdido en el mar olvidándome de los hombres del bosque, escuché la voz de las sirenas. Como había pasado antes, mi mente volvió al pasado, y comencé a entenderlo todo; ellas cantaban y yo recordaba. Me quedé como hipnotizada, esa canción me hechizaba el alma y no podía aguantar las ganas de correr hacia el mar. Antes pensaba que sólo le ocurría a los hombres, pero sentí mi cuerpo correr por dentro del agua hasta donde me lo permitían las olas. Y aunque a mí alrededor todo seguía igual, en mi mente las cosas habían cambiado.
Sentí que el viento me abrazaba el cuerpo y me llevaba. Todo el mar se convertía en un inmenso espectáculo de ondinas y sílfides. Las veía reír y moverse en el viento, con las olas, todas ellas entonando la misma canción. Aún así escuchaba los cañones, y con cada cañonazo ellas saltaban. Las observé por un rato con los ojos bien abiertos y los brazos extendidos tratando de alcanzarlas… hasta que un ruido me robó la visión.
Hace rato que venía escuchando una voz que me seguía. Nunca entendí, hasta que su acento cambió y sus palabras se volvieron conocidas. Me pidió que dejara aquel lugar. Que me fuera con él… ¡Con él! Mi cuerpo se paralizó completo, ¿cómo es que de repente alguien hablaba mi idioma?
Estuve un rato en la misma posición, perpleja, sin creer lo que escuchaba. Su voz me parecía tan familiar que me daba terror voltearme y ver que no había nadie. Deseaba con toda mi alma que él estuviese allí. Mil veces traté de voltearme y mi cuerpo no respondía; hasta que las palabras dejaron de ser un ruego y se transformaron en una orden.
Lo dijo sólo tres veces – ¡Vámonos! –y no trató reconvencerme más. Sentí sus brazos rodear mi cintura y levantarme del agua. Me puse sobre sus hombros y yo que aún estaba paralizada no pude hacer nada por evitarlo. Nos alejábamos a una velocidad increíble y en poco tiempo ya habíamos dejado la playa atrás. Nos dirigíamos a las profundidades del bosque. Recordé los cañones, las caras, la gente herida. Sentí miedo de los hombres del bosque. Y cuando descubrí que ya podía moverme comencé a forcejear. Le escuché decir unas palabras en otro dialecto que bloquearon mis movimientos. Poco a poco mis músculos se fueron soltando.
Ligera como una pluma –dijo él, y así me sentí. Desde entonces no recuerdo nada más…

La canción de la era perdida ("el comienzo")

Hace mucho tiempo que me he dedicado a observarlas. Ellas sólas son el reflejo propio que en el agua veo cuando me asomo y busco mirar en ellas la silueta frágil de mi cara… mi pelo blanco. Hace sólo dos décadas que a penas llegué a este lugar: Lemuria, tierra de dioses donde encontré al fin una razón para existir.
El ojo humano no puede verlas, ellas llaman con sus canciones a los viajeros; y las nereidas bailan. Muchas veces siento que alguien toca mi mano. Siento el calor de una piel lejana, la sensación de lo ya tocado, y lo recuerdo todo. Recuerdo lo que hace veinte años no vivía, la pérdida de Atlantea, Atlántida mi madre. Yo corrí isla por isla por ir tras sus pasos y llegué hasta este lugar maldito. Me he perdido, vivo escondida en el bosque… observándolas. A ellas jamás las había visto tan bellas. Aquí son extensión de la espuma, malvadas olas amarillas, espejismo de lo humano son cada una de ellas. Y me recuerdan a mí, a lo que antes fui. Pertenecen al mar que amé en tiempos más felices; las sirenas son mis enemigas.
Ellas sabían, las hijas de Doris, de mi oculta presencia e el bosque; y cantaban vanidosas la canción de la era perdida. Sus voces sonaban con el viento, y eran pequeños pedazos caracolados de mi propia voz. Yo corría entre los árboles memorando su melodía encantada; convencida de que bailé sin ritmo la memoria de sus voces decidí bajar…
Había preparado mi mente para el encuentro; hace mucho deseaba sentir la arena entre mis dedos y estaba ansiosa por dejar que las olas me llevasen con ellas hasta la profundidad del mar. Me vestí de flores, solté mi cabello y dejé el viento lo peinara; ahora estaba tan bella como las sirenas, me sentía como una diosa. Y corrí por las veredas del bosque mío soltando ríos y esquivando piedras. Con cada paso acelerado mi pelo bailaba imitando el movimiento de las olas como si anticipasen lo que estaba por ocurrir… y al fin llegué.
Allí me vi, parada frente a la playa que espiaba de lejos; mis pies todavía no tocaban la arena, pero ya estaba allí. Era quizás por timidez que no atrevía a tomar un paso más, y cuando realicé donde estaba parada, corrí a esconderme detrás de arbustos. ¿Qué habrá pasado por mi mente? ¿Por qué actuar así? ¿Acaso tendría yo miedo de aquellas mujeres del agua?
Ellas no se percataron nunca de mi llegada, estaban muy ocupadas peinando sus verdes cabellos y atrayendo viajeros a la costa como para prestar atención a lo que se movía al pie del bosque. Yo me quedé observándolas. Eran mujeres mitad arena, el pelo como las algas y los perlados. Vestían trajes de espuma y brillantes caracoles adornaban sus cabellos. Una de ellas jugaba a ser cantante mientras las demás la envolvían con plumas de un pelícano que había muerto en la orilla. Eran aproximadamente siete, recuerdo. Pero al moverse con las olas parecían multiplicar su ser, y se convertía todo aquello en un mar de sirenas. Yo quedé hipnotizada con aquel espectáculo de barcos que se asomaban en el horizonte buscando a las mujeres de arena.Y me perdí en los recuerdos...
Fueron miles los galeones que vi encallar a causa de ellas. La tripulación siempre moría completa, rara vez alguien lograba salir vivo del mar. A ese que quedaba vivo se lo llevaban los señores del bosque, no sé si para su fortuna… Fueron muchas las veces que bajé del bosque para verlos perecer; yo quería salvar a los hombres atlantes. Pero una voz en mi mente me prohibía hacerlo, decía que me ocurriría lo mismo a mí. Quizás yo, por ser mujer, no me dejaría encantar por la voz de las sirenas; esa voz embruja sólo a los hombres que se dejan encantar. Pero nada me salvaría de los hombres del bosque, esos seres de aspecto fiero, muy altos parecen de hierro con su pelo gris. Yo vivo también en el bosque desde que llegué a este lugar, pero ellos no me pueden ver. Aunque una vez los escuché pasar muy cerca de mí, sintieron mi presencia, y juraría que uno de ellos me pudo ver…se me quedó mirando fijo a los ojos, luego se fue. Tenían piel verde y aunque trataban con respeto a los náufragos que sobrevivían, no podía confiar en ellos. Aún no.
Pienso más en los marinos. ¿Qué vendrían ellos a hacer aquí? Recuerdo cuando era niña, yo era hija de Atlántea como esos hombres del mar. En la aldea en la crecí se escuchaban historias de espectaculares señoras del agua que llevaban a los hombres a la locura. Muchas veces vi a mis hombres desaparecer en el agua y nunca volver. Decían que buscaban aventuras en tierras lejanas y que algún día regresarían llenos de gloria. ¡Quién sabe cuando volverán! Ellos eran los héroes de nuestros tiempos. Y cada noche en la que la luna brillaba completa, tirábamos flores al mar para ver si la Diosa los devolvía.
De pequeña soñé con viajar más allá de las olas; yo quería al crecer convertirme en sirena y atrapar con mi voz el alma de uno de ellos. Cuando vino la gran catástrofe y fui obligada a dejar la tierra a la que estaba acostumbrada, vi la oportunidad perfecta para seguir mis sueños. El destino me obligaba a descubrir nuevos paisajes y viajé isla por isla buscándolo a él. Así fue que llegué hasta aquí…Lemuria, pensé que estaba muerto.

3/25/2007

Frente al espejo

"No quedan dudas, está muerto; se me fue, se ha ido. Las miradas, nuestras manos, el silencio, el pasado, el futuro, el presente... esos ojos, todo se fue. No vuelve, si no lo menciono jamás volverá. ¡Lo hago por mi, me duele, me cansé de esperar!"

Se calló un alfiler. El ruido casi me deja sorda.

"No lo creo, ¿así nada más? ¿Sin decirle adios? ¿Te olvidas de él como si no hubiese pasado un minuto desde que se conocieron?"

Levanta la mirada. Mis ojos la interrogan, sé que miente.

"¡Bah! Si ya sabía yo, no podía ser verdad."

"No, esta vez lo digo en serio, ya me harté de estar parada frente a él... invisible, haciendo el mismo papel de estúpida. ¡Me cansé de ser la amiga! "

La miro. Me da lástima, esto nunca lo va a superar.

"Y esta vez, ¿qué pasó?"

"¡Que me harté, ya te dije!"

Al decir esto levantó los brazos como si estuviese rogando al cielo. A la siguiente hora seguía insistiendo en lo mismo. Lo iba a olvidar. Pero en cada intento por odiarlo lograba recordarlo más.

"¡Ya basta! Es inútil, no se puede arrancar una astilla así porque así, se perfora más en la piel. Así duele."

Y yo, que te he visto caer todos estos años, no puedo... Ya lo sentía primero que tú.

Por tí, amiga, déjalo ir.

3/24/2007

Otro día en la estación

Eventualmente, cuando pienso en ello, me detiene la nostalgia de tus palabras: "Que si me he ido es por que necesito estar solo." O sin mí, diría yo. No es que reproche tu manera hermitaña, pero es que...¡es que sigo sin entender por qué me has abandonado!
Todavía, a media tarde, camino hasta la estación con la esperanza de que hayas vuelto; y te espero una o dos horas en el mismo rincón donde solíamos encontrarnos a veces. Sabes, te cuento, uno de esos días en los que optimista te esperé, un hombre vino hacia mí. Se llamaba Alejandro, decía verme todas las tardes en aquel mismo lugar esperando por alguien que nunca llegaba. Esa tarde Alejandro me invitó un café que yo rechazé, por supuesto. "No gracias, es usted muy amable, pero resulta que la persona que espero no tarda en llegar." Pero no lo hiciste, y esperé largo rato. Alejandro se fue sin insistir y no lo he vuelto a ver hasta entonces.
Así fueron pasando los años y yo te seguía esperando con la misma ilusión de los primeros días. Ya conocía a muchos en la estación, incluso a veces platicaba con las meseras de un restaurante cercano que me sorprendían una que otra vez con deliciosas meriendas que yo devoraba de inmediato. Platicábamos de cosas banales, de sus empleos, sus romances, del ultimo grito en fin de todo un poco. Muchas veces surgían conversaciones filosóficas entre nosotras, pero muy rara vez; y fueron también muchas las veces que surgió la pregunta inevitable de una de sus bocas, a lo que yo siempre contestaba: "Espero a mi marido que no tarda en regresar." Suficiente con decir eso para que ellas se miraran entre sí como si no hablaran mi mismo idioma y continuaran la conversación.
Durante todo ese tiempo que pasé allí llegue a memorizar todas las rutas que funcionaban en la estación; y por primera vez comprendí que la vida no tenía por qué limitarse a un sólo paisaje. Descubrí que había vida más allá del horizonte y sentí fascinación por la vida del viajero. Con el tiempo conseguí un empleo en la boletería. Resolví que así la posibilidad de encontrarte aumentaría, pues tarde o temprano tendrías que pasar por ahí. Y entonces te volvería a ver.
Sucedió una mañana, cuando menos lo esperaba. Llegaste de improviso, un poco mayor y con las mismas viejas maletas. Yo acababa de llegar también a mi puesto, y aún no me acomodaba el uniforme. Dolores, quien trabajaba conmigo, te atendía mientras yo escuchaba desde el cuarto de empleados.
"Tres boletos para Berlín, por favor." te escuché decir. ¿Pero para qué querías tres boletos si estabas sólo? ¿Acaso uno no te era suficiente? Dejé de preguntarme de inmediato y decidí volver a mirar hacia tu dirección.
Nunca olvidaré aquel momento, justo en el mismísimo instante en que apartaba la mirada escuché la voz de un niño q se aproximaba: "¡Papá papá, que se nos va el tren!" exclamaba mientras tú lo cargabas en tus brazos.
Tenía más o menos ocho años, calculé, un año menos desde que te fuistes. ¡Se parece tanto a tí!En mi mente comenzaron a saltar imágenes mientras te ví marcharte a lo lejos con el niño y una mujer que creo haber visto alguna vez. ¡Claro, si te has marchado con ella, la del restaurante! ,grité furiosa.
Ahora lo recuerdo todo. Hace casi diez años cuando celebrábamos nuestro primer año de casados en el restaurante de la ciudad, ella atendió nuestra mesa.
"¿Un año?, felicidades; se les ve muy felices." comentaba ella mientras te lanzaba miradas coquetas que yo ignoraba. Ahora que lo recuerdo, ella nunca dirigió una sola de sus palabras hacia mí. Aparte de tomar mi orden; siempre te habló sólo a tí. ¿La conocerías de antes? ¡Qué estúpida fui al no darme cuenta!
Ahora que veo como te alejas sin tan siquiera notar mi presencia, ahora que te veo con tu nueva familia, me doy cuenta de el tiempo que he malgastado esperándote. Pero si de algo me han servido todos estos años en la estación, ha sido para aprender que es uno quien decide las circunstancias. Esa misma mañana que te volví a encontrar, dejé de ajustarme el uniforme y renuncié a la boletería. Desde entonces vivo viajando, y los trenes que he abordado ya no me saben a tí...